
Penélope tenía apenas dieciséis años, pero en realidad era mucho más mayor. Todo el mundo lo sabía. Pero ella no era así porque sí, ni por caprichos de la vida. Ella era así, porque cuando la vida te da palos te obliga a crecer mucho más deprisa. Y eso, eso era precisamente lo que a él más de gustaba de ella. Él, que no era más que el típico chico inocente, niño de papá, consentido, que no sabía nada sobre muchas cosas importantes porqué su mundo se reducía a lo que su vista alcanzaba a ver y eso era muy poco.
Así que a él le gustaba estar con ella y a ella no le molestaba su compañía.
Pasaban horas y horas, todas las tardes, todos los días, sentados en aquel banco, que ya era suyo.
Ella hablaba sin más de cualquier cosa y él la escuchaba hablar. Eran tan distintos: Penélope, tan independiente y solitaria, tan dura e impasible y David que confiaba en todo el mundo, se creía que todos eran buenos y que era fácil ser feliz.
Así que a él le gustaba estar con ella y a ella no le molestaba su compañía.
Pasaban horas y horas, todas las tardes, todos los días, sentados en aquel banco, que ya era suyo.
Ella hablaba sin más de cualquier cosa y él la escuchaba hablar. Eran tan distintos: Penélope, tan independiente y solitaria, tan dura e impasible y David que confiaba en todo el mundo, se creía que todos eran buenos y que era fácil ser feliz.
-Eres un crédulo, David. Eres un crédulo.- Murmuraba ella incontables veces entre calada y calada, mientras sonreía y él la miraba imaginándose qué podría estar pensando ella en aquel momento.
Todas las tardes era lo mismo. Ella pasaba a recogerle por su portal, sobre las cuatro más o menos. No importaba el día, ni tan solo el tiempo, ella siempre estaba ahí, dándole la última calada a su primer cigarro de cada tarde. Y desde allí se dirigían al banco del parque. Comenzaban a hablar por el camino, pero siempre reservaban lo mejor para su lugar.
Penélope recordará siempre aquella extraña tarde de Noviembre. Más bien nunca olvidará la conversación de aquella tarde:
Penélope recordará siempre aquella extraña tarde de Noviembre. Más bien nunca olvidará la conversación de aquella tarde:
-¿Crees en los cuentos de hadas?- Preguntó.
-Es increíble David, que a estas alturas me hagas una pregunta así. - Vaciló unos segundos y se fumó una intensa calada.- Antes sí, antes era la niña más inocente del mundo. Siempre soñé con un príncipe azul que viniera y me salvara de esta vida. Pero no se como me las he apañado, que solo he encontrado sapos.
-Será que no tienes tú mucho de princesa.- Le contestó él, con más ironía de la necesaria.
Tras esa frase les bastó una mirada para romper a reír a carcajadas.
Mientras tanto los niños del parque jugaban. Esos niños que habían aprendido con el tiempo que nunca debían acercarse a ese banco rodeado de colillas marcadas por unos labios rojos. Ese banco donde se sentaba esa extraña pareja que pasaban hablando tardes enteras e incluso mañanas. Esos dos jóvenes, que en ocasiones bebían cerveza y asustaban a los niños que se les acercaban. Y fue esa misma tarde de noviembre cuando decidieron marcar el banco, su banco. Así ahora todos pueden leer: - Éste es el escenario de la historia de un crédulo y su no-princesa favorita.
Mientras tanto los niños del parque jugaban. Esos niños que habían aprendido con el tiempo que nunca debían acercarse a ese banco rodeado de colillas marcadas por unos labios rojos. Ese banco donde se sentaba esa extraña pareja que pasaban hablando tardes enteras e incluso mañanas. Esos dos jóvenes, que en ocasiones bebían cerveza y asustaban a los niños que se les acercaban. Y fue esa misma tarde de noviembre cuando decidieron marcar el banco, su banco. Así ahora todos pueden leer: - Éste es el escenario de la historia de un crédulo y su no-princesa favorita.
El tiempo iba pasando.-Nos conocimos en Septiembre.- Pensó David una noche de Febrero antes de acostarse. -Nos conocimos en Septiembre y desde entonces cada tarde nos sentamos en nuestro banco y charlamos. Quiero besar sus labios rojos, quiero callarla con un beso y que sonría, me mire y me bese y prometerle que voy a ser siempre su sapo.-
Al día siguiente llovía a cántaros. Penélope llegó al portal, con un cigarro medio consumido entre sus labios rojos. Antes de que le diera tiempo a tocar su timbre le descubrió con una gran sonrisa.
Al día siguiente llovía a cántaros. Penélope llegó al portal, con un cigarro medio consumido entre sus labios rojos. Antes de que le diera tiempo a tocar su timbre le descubrió con una gran sonrisa.
-¿Qué se supone que vamos a hacer hoy?
-Lo mismo de siempre-. Respondió ella. -¿O acaso crees que van a poder conmigo estas gotitas de nada?.
Y esque ahí residía su mágia en su aparente confianza en si misma. Por eso David no miraba ya a las niñas de su edad. Creía que eran inmaduras. Prefería mil veces mirar esos labios rojos, esos ojos negros llenos de melancolía de su no-princesa. Porque se enamoró del encanto de las chicas malas. Se enamoró de su chica mala. Esa que fumaba y no lloraba, que era como la droga. Y sabía él que personas así no pasan dos veces por tu vida. Aquella tarde de febrero decidió actuar. Al llegar al banco, sin mediar palabra, justo al sentarse, él la besó. Ella no reaccionó como él había pensado. Ella no era predecible.
David se quedó sentado bajo la lluvia viendo como su no-princesa desaparecía.
Y esque ahí residía su mágia en su aparente confianza en si misma. Por eso David no miraba ya a las niñas de su edad. Creía que eran inmaduras. Prefería mil veces mirar esos labios rojos, esos ojos negros llenos de melancolía de su no-princesa. Porque se enamoró del encanto de las chicas malas. Se enamoró de su chica mala. Esa que fumaba y no lloraba, que era como la droga. Y sabía él que personas así no pasan dos veces por tu vida. Aquella tarde de febrero decidió actuar. Al llegar al banco, sin mediar palabra, justo al sentarse, él la besó. Ella no reaccionó como él había pensado. Ella no era predecible.
David se quedó sentado bajo la lluvia viendo como su no-princesa desaparecía.
Las tardes siguientes ya fueron diferentes. Pues Penélope no aparecía ni cogía el teléfono. Mientras, David, pasaba las tarde enteras sentado en el banco recordando sus charlas sin sentido, el humo de sus cigarrillos y sus labios rojos.
Desde entonces David siempre lleva un papel en el bolsillo pequeño de la cartera. Un papel arrugado y viejo, más viejo cada día. En el que se lee:
Hoy estuve en nuestro banco, igual que ayer y antes de ayer.
Porque verlo escrito le hace pensar que ella fue más real. Sí, tenéis razón, después de tanto tiempo, David sigue siendo un inocente.
Hoy estuve en nuestro banco, igual que ayer y antes de ayer.
Porque verlo escrito le hace pensar que ella fue más real. Sí, tenéis razón, después de tanto tiempo, David sigue siendo un inocente.
Mientras tanto, Penélope se pasa las tardes retorcida en su cama, pasándolo cada día peor.
Ayer pensó en levantarse, marcar su número y decirle que lo siente, que nunca debería haber hecho lo que hizo, que no tendría que haber estado cosa de dos años sin dar señales de vida. Y él, que seguiría tan enamorado como siempre le diría que no importa y quedarían para charlar en algún bar. Aunque ella sabe mejor que nadie que donde tiene ganas de ir es a su banco.
Pero por mucho que lo pensó no lo hizo. Porque no es valiente, si lo hubiera sido hace dos años no hubiera huido de lo que sentía. ¿Si no fué valiente entonces, por qué iba a serlo ahora?
Ayer pensó en levantarse, marcar su número y decirle que lo siente, que nunca debería haber hecho lo que hizo, que no tendría que haber estado cosa de dos años sin dar señales de vida. Y él, que seguiría tan enamorado como siempre le diría que no importa y quedarían para charlar en algún bar. Aunque ella sabe mejor que nadie que donde tiene ganas de ir es a su banco.
Pero por mucho que lo pensó no lo hizo. Porque no es valiente, si lo hubiera sido hace dos años no hubiera huido de lo que sentía. ¿Si no fué valiente entonces, por qué iba a serlo ahora?
Hoy llueve, llueve a cántaros, cómo aquella tarde de Febrero. Llueve y cuando llueve tu vida parece más fea. Y sin embargo allí esta ella: bajo la lluvia, retorcida en un banco, que digo un banco, retorcida en su banco. Con los labios sin pintar, hace dos años que tiró el rojo carmín, con los ojos rojos de llorar y empapada por la lluvia. Hoy no fuma pero resigue con los dedos la inscripción del banco donde se lee ''un crédulo'' y ella piensa ''mi crédulo''.
Detrás suyo oye una voz que la hace saltar del banco e incorporarse.
Detrás suyo oye una voz que la hace saltar del banco e incorporarse.
-¿Qué haces tú aquí?.
Se gira hasta que sus ojos se encuentran con los de él.
-Revivir recuerdos supongo. ¿Aún no crees en los cuentos de hadas?
-Hace mucho tiempo que fumo sin sentir...
-¿Cómo cuánto tiempo?
-El mismo que llevo sin ti.
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